Plantear la existencia del racismo en México es un tabú profundamente arraigado en la psique nacional. Se nos ha enseñado que en México no existe la discriminación racial y, mucho menos, el racismo estructural. La negación se ampara en un mito fundacional,el mestizaje, "¿Cómo va a existir el racismo en México si aquí todos pertenecemos a la misma raza?", dicen algunos, o la frase más común y aceptada: "en México todos somos mestizos". Este discurso del "mestizaje" como crisol de identidades y, por ende, como garante de la igualdad racial, funciona como una cortina de humo que invisibiliza y legitima las estructuras de poder que discriminan. La ideología del mestizaje ha propiciado actos racistas que invisibilizan a los pueblos originarios, pues dentro de un país que se autodenomina mestizo, solo lo mestizo se considera mexicano, no dando cabida a las comunidades indígenas y afrodescendientes.
Entender el racismo es una tarea difícil. CONAPRED define el racismo como el odio, rechazo o exclusión de una persona por su raza, color de piel, origen étnico o su lengua, que le impide el goce de sus derechos humanos. Esta definición deja de lado ciertos aspectos, pues el racismo no solo niega derechos, sino que también tiene un profundo impacto psicológico y social en las víctimas, afectando aspectos como la autoestima, el bienestar general o la calidad de vida.
El racismo en México ha creado una estructura de poder compleja que ha echado raíces históricas profundas en el sistema social, político y económico del país. Sus orígenes se remontan al virreinato, momento en el que se implementó el infame sistema de castas. Este sistema no fue solo una herramienta de clasificación social, sino un método sistemático de dominación de las comunidades indígenas y afrodescendientes.
A través de la jerarquización de la población basada en el origen “racial”, la Corona española y la élite criolla aseguraron su supremacía, asignando privilegios y restringiendo el acceso a la riqueza, la educación y las posiciones de poder a aquellos con menor ascendencia europea. A pesar de la abolición formal de este sistema tras la Independencia, su lógica perversa y sus consecuencias no desaparecieron; por el contrario, se transformaron y se incrustaron en las instituciones de la nueva nación.
Una manifestación del racismo institucional se observa en cómo, durante un largo periodo, el Estado limitó el acceso a la educación al impartir el conocimiento únicamente en español, marginando así a otras lenguas que cuentan con una historia de resistencia. De la misma manera, el español ha sido el protagonista de todos los trámites gubernamentales, evitando así el acceso a diversos derechos de las poblaciones indígenas en el país.
El racismo institucional trasciende las esferas educativas y gubernamentales, manifestándose también en ámbitos como el arte. Se ha establecido una jerarquía donde las expresiones de origen europeo (como el ballet, la pintura o la ópera) son elevadas a una categoría superior. Esto relega al arte que tiene raíz en los pueblos originarios a la clasificación de artesanía o, en el caso de la danza, a la de "ballet folclórico". Esta jerarquización posiciona el arte asociado a la cultura "blanca" por encima del arte folclórico y las artesanías vinculadas a las comunidades "morenas".
Samuel Ramos escribía en El perfil del hombre y la cultura en México: "Hoy todavía, el arte popular indígena es la reproducción invariable de un mismo modelo, que se transmite de generación en generación. El indio actual no es un artista; es un artesano que fabrica sus obras mediante una habilidad aprendida por tradición."
Sesenta y seis años han pasado desde la muerte del filósofo Samuel Ramos y este pensamiento racista, donde el arte de los pueblos originarios es inferior, sigue bastante presente. La visión de inferioridad del arte y las expresiones culturales de los pueblos originarios persiste de manera significativa en la sociedad contemporánea. A pesar de los discursos de inclusión y el reconocimiento formal de la diversidad cultural, subsisten prejuicios arraigados que devalúan sistemáticamente las creaciones artísticas indígenas. Esta devaluación se manifiesta en diversos ámbitos, desde el mercado del arte, donde las piezas de origen indígena suelen tener un valor monetario inferior o ser relegadas a categorías de "artesanía".
El racismo viene acompañado de diversas formas de discriminación y se puede ver reflejado en indicadores de pobreza, acceso limitado a servicios de salud y educación de calidad. El racismo en México es, por lo tanto, un problema persistente que modela la vida cotidiana y perpetúa la estratificación social basada en la pigmentación y el origen étnico, afectando la dignidad y las oportunidades de millones de mexicanos.
En México, existe una profunda y preocupante asociación entre los tonos de piel oscuros y la criminalidad o la percepción de bajos niveles educativos. Esta conexión no es casual, sino el reflejo de un racismo estructural e internalizado que impregna diversas esferas sociales.
Parece que el mexicano prefiere ignorar el racismo que está presente y que se manifiesta diariamente. En redes sociales no es complicado hallar comentarios como: "¿Por qué siempre tienen que ser los de ese color?" o "Siempre los cafecitos", para referirse a actos vulgares o inadecuados en sociedad, asumiendo que ciertas conductas son inherentes a las personas morenas. Estas no son meras expresiones aisladas, sino manifestaciones de una ideología racial que se nutre de prejuicios históricos y perpetúa una estigmatización sistemática. Estos comentarios, al ser repetidos y normalizados en el espacio digital, contribuyen activamente a la consolidación de estereotipos dañinos.
La discriminación por color de piel (conocida como pigmentocracia) opera como un filtro social que asigna valor y sospecha en función de la melanina, creando un círculo vicioso de exclusión y marginación. Desmantelar esta narrativa requiere un reconocimiento explícito del problema y acciones concretas para combatir el racismo en todas sus formas.
Ignorar el racismo lo fortalece, debemos tener la valentía para enfrentarlo, dejar de ignorarlo y empesar a denunciarlo. En México, el racismo es tan cotidiano que es difícil identificarlo hemos sido educados para no verlo es por eso que reconocer su existencia es el primer paso en una larga lucha contra este problema, que no estamos cerca de solucionar, si no queremos alejarnos más de esa solución no podemos callar estos temas, abrir el debate y hablar abiertamente del racismo es necesario y cada dia mas urgente.
Lalo M.
referencias
Ramos, S. (2010). El perfil del Hombre y la cultura en México. Austral.
https://copred.cdmx.gob.mx/agenda-internacional/racismo
https://www.inegi.org.mx/contenidos/programas/enadis/2022/doc/enadis2022_resultados.pdf
Lalo M.
Es egresado de la carrera en ciencias politicas y administracion publica por la UNAM.